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Fragmentos de “El Candor de los Pobres” o me paso la Constitución por la raja (Carlos Pezoa Veliz, 1906)

Por aquellos días de 1891, los periódicos clandestinos que hacían la propaganda revolucionaria con artículos dramáticos y maldiciones en verso, pusieron de rabiosa actualidad la palabra Constitución. El vocablo iba de labio en labio, como si se hubiera intentado reunir en el modo de pronunciarla todo el respeto que guardaron por ella los estadistas de los primeros tiempos, desde Portales hasta Aníbal Pinto.
El Presidente Balmaceda había violado la Constitución. Las huestes libertadoras del general Canto defendían los derechos constitucionales… (¡Oh la Constitución!)
Hubo campesinos de las provincias australes que se la imaginaron un templo donde se guardaban los estandartes tomados en la guerra contra el Perú y Bolivia, o las cenizas de Arturo Prat. Y los niños, que allá en su inocencia hacen más bellas las cosas, figurábansela una inmensa mujer de cabellos rubios… ¡Hermosísima!
Aun escuché esta frase: “El Presidente Balmaceda se ha ido con todo el dinero que había en la Constitución”.
Si los inocentes campesinos, si los niños ingenuos que tal decían, hubieran adivinado lo que más tarde se ha escrito sobre ella, tendrían para pensar.
Copio a este fin un fragmento de artículo, que por curiosa casualidad cae a mis manos:
“¿Qué se hizo el respeto de nuestros antepasados por el texto de 1833? La Constitución es hoy un libraco de páginas polvorientas, de letra oxidada y lomos raídos. Sus hojas amarillentas son letras a plazo contra los dineros del pueblo. ¡Con sus artículos inviolables envuelven cosas muy sucias los parlamentarios que hacen de comerciantes en menestras sobre los mostradores fiscales!”
Todavía más.
Hace algunos años fue elegido presidente de la Cámara joven el distinguido político don Fulano de Tal (no importa el nombre). Era un personaje de gran talento, pero de pequeña estatura. El sillón de la presidencia tenía, por el contrario, dimensiones un poco exageradas, como que se encargó a Europa cuando presidía esa Cámara otro político no menos eminente, recordado hasta ahora por sus famosos dos metros de altura. De ahí entonces que el señor de Tal casi desapareciera en el fondo de la silla al presidir los debates.
Pero el ingenio de los hombres tiene sus recursos originales. El pequeño presidente de la Cámara corregía las deficiencias de su estatura colocando tranquilamente en su asiento (¿lo creeréis) la Constitución Política de la República de Chile…
Vino de estos manejos sacrílegos una frase irrespetuosa de los mozos encargados del aseo: “La Constitución está en el asiento del señor presidente”…
La frase era fuerte pero simbólica.


¡Cuántas hermosas palabras para el candor de los pobres!
Los derechos del pueblo…
Las reivindicaciones populates…
La causa de los patriotas…
La salvación nacional…
El gobiemo del pueblo por el pueblo…
La integridad política…
La instrucción laica y obligatoria…
La proteccion a la industria nacional…
Las instituciones republicanas…

Y otras, igualmente halagadoras para los oídos de las masas, que, por el tiempo de elecciones, son como campanitas sugestionantes, echadas a vuelo en la gloriosa fiesta de las mentiras agradables.
El caudillo populachero las dice en airosa apostura de tribuno, levantando los ojos al espacio y subrayándolas con hermosos gestos de indignación.
Periódicamente se repiten. Son las mismas frases, con sus respectivas comas y sus elocuentes admirativos, como si se hubiesen conservado en primorosos paquetes desde la elección ultima. Solamente que ya no es el mismo tribuno. El de la campaña anterior tiene ahora un puesto público que le consiguiera el diputado triunfante. Ahora es un nuevo cesante de pupilas castas y melena económica.
En estas asambleas políticas, de una “solemnidad inusitada”, al decir de los diarios serios en el numero del día siguiente, hay casi siempre un obrero bebido hasta el buen humor, que se entretiene cortando las peroratas con interrupciones estúpidas. Los asambleístas suelen concluir por eliminarlo a empellones.
Pues bien. Este impertinente que come sabiamente su jamón y bebe su jarro de cerveza, riéndose de oradores, de discursos y de oyentes, es el más cuerdo de los ciudadanos auditores.
Desconfía de las promesas, ríe del entusiasmo y explota beatíficamente al “candidato de las clases trabajadoras”.
Según él; nada hay más allá del sandwich y la cerveza.
Y está en la razon.


Fragmentos de “El Candor de los Pobres”, Carlos Pezoa Véliz, 1906

Carlos Pezoa Véliz

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