Chile: ¡País Corneta!

El Escándalo del “Fondo Corneta”

Mientras la CMF destapa el último cagazo financiero bautizado como el “Fondo Corneta”, donde ejecutivos de Larraín Vial y STF intentaron hacer la del gran alquimista inverso cambiando oro por baratijas, transformando el oro de los inversionistas en canjes de deudas de los Jalaff por acciones del Grupo Patio (o más bien, en cornetas de oro para ellos), vale la pena reflexionar sobre nuestra identidad nacional y su fijación con el instrumento.

El significado de “Corneta”

¿Por qué “Fondo Corneta”? Bueno, en Chile todo parece sonar a corneta últimamente. Desde la RAE hasta nuestro folclore, la palabra tiene más definiciones que programas de gobierno y más usos que excusas de político pillado. La RAE, con su elegancia, define la corneta como un “instrumento musical de viento”. Nosotros, con nuestra picardía chilena, le hemos dado un significado más… anatómico.
El Diccionario de Americanismos de la misma RAE, más acorde con la realidad latinoamericana, se atreve a decir las cosas como son: en Chile (y también en Perú, ojo), “corneta” se usa como un vulgar sinónimo del pico. Lo que la RAE no quiso decir, nosotros lo lanzamos sin miedo en nuestras conversaciones diarias: corneta es sinónimo de “penca”. Y ya sabemos que cuando algo es “penca”, es que no vale mucho. De ahí que muchas cosas en nuestra vida pública sean bien “cornetas” o estén “pa’ la corneta”.

Origen histórico del término

Según mi abuela no venía de otra forma de decir “estar pal pico”, según ella en plena Guerra del Pacífico, tras las batallas, el médico del pelotón examinaba a los heridos. Si uno de ellos estaba a punto de morir, el médico exclamaba: “Este está pa’ la corneta”, refiriéndose al toque final que anunciaba la partida del soldado al más allá. Hoy en día, claro, la usamos para referirnos a ese estado físico o emocional en el que uno siente que está al borde del colacso, ya sea por una gran resaca, una enfermedad, u otra calamidad. “El finde quedé pa’ la corneta con los catedrales”, es una frase común en las oficinas públicas en las mañanas, cuando el carrete los deja como soldado después de una batalla perdida.
Pero la corneta no se detiene en las trincheras de la historia. No, la corneta sigue sonando fuerte, especialmente en los ambientes donde ser chupa medias es el arma secreta de quienes buscan favores. Así, nace la figura del “cornetero”. Según la segunda acepción del término, un cornetero es esa persona que no escatima en halagos (falsos, claro) para ganarse la confianza del jefe o de la autoridad. En lenguaje actual, sería como esos periodistas que le hacen una entrevistas corneteras a los de su sector, sin preguntas incómodas y dejándolo hablar a sus anchas o que van a Venezuela a mostrar el único supermercado lleno, para después cobrar de alguna forma el corneteo.

Pero la corneta tiene su primo cercano, el “cornete”, que curiosamente se refiere a otra cosa: un buen charchazo, generalmente en la cara. Los “cornetes nasales”, esas estructuras dentro de nuestras fosas nasales, suelen quebrarse con un buen “cornete” en alguna mocha. Y así, de la mezcla de “corneta” y “cornete”, nace el concepto de “agarrar a cornetazos” a alguien, dejando a la imaginación del interlocutor si fue en base a golpes humillantes con la corneta o si simplemente le dieron muchos cornetes fuertes.

La fanfarria chilena

Finalmente, llegamos a la gran conclusión: el conjunto de todos estos personajes —los corneteros, los que meten la corneta donde no deben, y los delincuentes que cada día reparten más cornetazos— forman una fanfarria. Según la RAE, una fanfarria es un “conjunto musical ruidoso, principalmente a base de instrumentos de metal” (como la corneta). Pero en Chile, esta fanfarria es una verdadera metáfora de la vida pública y privada, donde todo el mundo toca su propia corneta y los demás tratamos de seguir el ritmo. Una mezcla de arrogancia y chupa medias. Una fanfarria de fanfarrones.
Hoy en día, parece que cada quien toca su propia corneta en esta fanfarria nacional de escándalos, cada uno más desafinado que el anterior:

  • El caso Monsalve, famoso por meter la corneta en la pega… sin el consentimiento debido. Y el Boric después agarrando a cornetazos a su jefa de prensa.
  • El caso Hermosilla, el gran maestro en cornetear a medio mundo para dar y recibir favores.
  • La Universidad San Sebastián corneteándose (o zampoñándose para darle perspectiva de género ) a la Cubillos por favores políticos pasados o futuros.
  • La fanfarria del Partido Comunista defendiendo los robos de Jadue frente a los tribunales , intentando que los cornetes de la justicia no les lleguen.
  • La Cathy Barriga, que dejó la comuna de Maipú “pa’ la corneta”, gastando en peluches y puras tonteras.
  • Y no podemos olvidar la banda completa de Revolución Democrática y sus fundaciones cornetas, corneteándose a Seremis y otros funcionarios con maestría para llevar una vida de lujos.

Entre tanto cornetero, es lógico que Larraín Vial decidiera unirse a la sinfonía con su “Fondo Corneta”, donde los inversionistas de Larraín Vial recibieron una buena chiflota en lugar de ganancias.

Así que, ante este gran festival de cornetas y corneteros, donde lo único que se escucha es ruido desafinado y promesas vacías, yo sugiero que Chile adopte con orgullo su nueva identidad. En la próxima remodelación del aeropuerto, un gran cartel recibirá a los recién llegados: “Bienvenidos a Chile: ¡país corneta!”. Total, si algo nos sobra, es el sentido del humor.

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